Me miro con la ternura y la valentía de quien ya no se abandona.
Sé que todo lo que necesito habita en mi cuerpo, en mi historia y en mis raíces.
Hace ya mucho tiempo que dejé de buscar afuera lo que está dentro mío. Dejé de escuchar a los demás, de darle más importancia que a lo que yo pienso, de hacer cosas porque otras personas me decían que era lo que «debería» hacer.
Todas las respuestas están en mi cuerpo, él sabe decirme muy bien cuándo sí, cuándo no. Por dónde sí, por dónde no. Sabe hacerme entender cuando algo no es para mi, aunque muchas veces mi mente no puede entender los motivos ni las razones.
Mi cuerpo reacciona a lo que sucede, y yo aprendí a escucharlo a través de la conexión con él.
Todas las respuestas están en mi historia, en el honor de todo lo que viví en mi vida, en los aprendizajes, los errores, las veces que me equivoqué, y todas las veces que voy a seguir haciendolo. Aquí mi historia me enseña sobre desafíos, obstáculos, limitaciones y superaciones. Me muestra que la vida es un proceso y que nada es de un día para el otro.
Todas las respuestas están en mis raíces. No solo en mis raíces refiriéndome a mis antepasados que tanto me regalaron y que son parte de lo que hoy soy, sino también en la fortaleza que me sostiene, en cómo me paro frente al mundo, como me uno al universo y me siento parte de él.
Me miro con ternura sabiendome humana. Mirando las enormes capacidades que tenemos como seres humanos, lo inmensos y disminutos que somos, al mismo tiempo. Me miro como miro a mis hijas, a los niños que están aprendiendo a caminar, a andar en bici. Me miro con el amor maternal que mi mamá me dejó y al mismo tiempo, con el amor paternal que me regala mi papá cada día, empujándome a hacer lo que amo.
Todo lo que hago, termina en la misma reflexión:
Con amor pero con acción.
Con ternura pero con desafíos.
Con compasión pero siendo protagonista.
Hacia adentro pero hacia afuera.
En la hermosa danza de la energía femenina y masculina que habita en mi.